Mindfulness, Kindfulness y otros consejos prácticos para madres estresadas

Ser madre hoy es todo un reto.

Desgraciadamente y pese a que el modelo de maternidad en nuestra sociedad está cambiando bastante en los últimos años. Todavía estamos sometidas a una gran desigualdad que convierte el regalo y la responsabilidad de ser madres en un reto. Pese a que pueda parecer muy in the mood, por todo el movimiento coaching actual. Se nos priva del disfrute de una maternidad placentera y conectada, con altos niveles de oxitocina y ambientes emocionales propicios para el buen desarrollo de la personalidad infantil.

No sólo a menudo debemos renunciar a nuestros puestos de trabajo por no ser compatibles con una maternidad saludable, si no que lo hagamos o no, igualmente el ritmo diario nos conmina a unos niveles de adrenalina y estrés que difícilmente sabremos gestionar si no tenemos en cuenta ciertas cosas que nos ayudarán a ello.

El equilibro entre el hacer y el no hacer es importante.

La vida en las ciudades supone un gran esfuerzo mental. Y todavía más cuando tienes cuatro peques que atender. Las obligaciones diarias como la alimentación, el orden y la limpieza, la organización y cuidados personales y del entorno, el descanso; los eventos familiares y sociales; el trabajo; los tiempos de ocios personales y compartidos. Nos hace falta usar una buena agenda para no dejarnos nada, y poner unas cuantas alarmas en el móvil, al menos en mi caso.

Un montón de tareas y actividades dentro de una puzle-agenda en la que un día descubrí que no había dejado ningún espacio para el no hacer. Un tiempo para el silencio. Fue entonces cuando me di cuenta que a movernos y hablar hemos aprendido mucho, pero a detenernos y a estar en silencio no, y cuando queremos hacerlo o pedir a nuestros y nuestras peques que lo hagan, se nos hace un poco difícil, al menos al principio.

Pero, ¿qué significa detenernos?

Significa hacer lo que se hacía mucho antes y todavía alguien hace hoy en los pequeños pueblitos, donde hay gente que prefiere sentarse al fresco debajo de un árbol o en una silla en el porche de su casa, que encender el televisor. Es lo que solíamos hacer de pequeñas cuando nos deteníamos a mirar cómo caía una hoja de un árbol en otoño. O cuando nos sentábamos delante de un río a ver el agua correr.

Significa permitirnos dejar de pensar. Aunque ello no implica por norma dejar de tener pensamientos. No nos vayamos a confundir.

‘La diferencia radica en nuestra acción voluntaria, lo que hacemos voluntariamente con esos pensamientos.’

Al pensar hacemos un tipo concreto acción, una tarea en la que nos hace falta acceder a los contenidos de la memoria a corto o largo plazo. La memoria, en realidad, no es como un armario o un cajón, donde almacenamos cosas. En las actuales investigaciones de las neurociencias, se define la “memoria”  como una capacidad que nos posibilita el acceso a las experiencias vividas en un momento determinado de nuestras vidas.

Cuando queremos acceder a los “recuerdos” entonces, es necesaria la activación cortical en distintas áreas del cerebro. Es decir, hacer un gasto energético importante. Y es por eso que priorizamos y seleccionamos a qué información, de toda la que hemos recogido con nuestros receptores sensoriales, queremos acceder a cada momento.

Podemos recordar parte de una experiencia percibida con los receptores sensoriales de la piel, como un masaje o un día que nos quemamos los hombros tomando el sol; de los auditivos, como cuando recordamos una canción; visuales, como cuando recordamos una exposición de pintura,… También podemos acceder a un tipo de contenido más mental, como cuando recordamos haber leído un libro, hecho un curso o escrito un artículo.

Ahora bien. Cuando queremos recuperar un recuerdo, siempre lo hacemos dentro de un contexto y con una motivación. Por ejemplo:

Estoy estirada tomando el sol y siento que la piel se me está resintiendo. Automáticamente mi cerebro me ofrece el recuerdo del día en que me quemé los hombros y luego pasé muy mala noche. También fue el día que aquel chico tan guapo que trabaja de vigilante de la playa me contó qué significaba cada bandera, y mientras yo, disimuladamente claro, miraba sus maravillosos abdominales. También ese mismo día me comí un helado de chocolate con sirope de frambuesa con mi hija, que me encantó.

No obstante, y sabiendo que al leerlo, con tu cerebro ya te habrás ofrecido ambas imágenes (jijiji, de nada); en el momento en el que al estar tomando el sol empiezo a notar que la espalda me arde, con mi cerebro priorizo recordarme la mala noche que pasé, embadurnada en yogur, a las fantásticas imágenes de las tabletas de chocolate o del helado…

‘Con nuestro cerebro seleccionamos los datos que “resuenan” con las necesidades específicas, normalmente basadas en nuestro cuidado y protección, de la experiencia que estamos viviendo en el momento presente.’

¿Qué pasa cuando nos detenemos? ¿Cuando queremos dejar de pensar?

Cuando decimos, venga va, voy a meditar. Ooooooommmmmmm. Y de repente… ¡zas! Un montón de pensamientos aparecen sin ser llamados, sin contexto necesario aparente. Imágenes, tareas pendientes, incluso se nos pueden llegar a ocurrir las mejores ideas sobre cualquier tema que podamos tener abierto en ese momento.

¿Qué hacemos entonces?

Recuerdo cuando empecé a interesarme en la meditación. Tenía alrededor de 19 años y me contaron que había diferentes tipos de meditación.

La meditación reflexiva, por ejemplo, me recomendaron hacerla un ratito antes de ir a dormir. Consiste en hacer un repaso de las experiencias del día, y sirve para hacernos conscientes de aprendizajes hechos, nos da la posibilidad de reflexionar sobre nuestras acciones, pensamientos y emociones. Nos ayuda a tomar decisiones en caso haber vivido situaciones incómodas o conflictivas con alguien. Para finalizar damos las gracias por lo vivido durante el día. Me sorprendí porque resultó que yo hacía ese ritual cada noche desde muy pequeña.

También me hablaron de la meditación del estar presente, lo que hoy llamamos Mindfulness. Y me dijeron esa frase que quizá os sonará de “cuando comas come, cuando andes anda”. “Acepta lo que te llega”. “Be water my friend” Bien, hasta ahí todo correcto. No parecía difícil. Peroooooo… cuando te pones… ¡Vaya si lo es!

‘Be a happy mother my friend’

Luego me explicaron también que existía la meditación zen, o del silencio. “Vacía tu mente” “Deja que tus pensamientos fluyan cual nubes en el cielo sin apegarte a ninguno”, hasta ahí parecía fácil… ¡durante unos segundos claro!

También me encontraba mensajes del estilo, “Acalla a tu mente”, “Ignórala”, “Usa la espada para cortar la cabeza a la mente”… Emmmmm no. Ahí no. Eso ya no iba conmigo. Yo es que eso de cortar cabezas, ignorar o mandar callar no lo entendía del todo bien. Así que decidí quedarme con mi mente de mono saltarín, saltando de rama en rama, aunque más despacito y con toda la atención de la que iba siendo capaz.

Poco a poco fui descubriendo con qué experiencias del día a día mi mente se aquietaba. Momentos en los que me era muy fácil ser una y estar totalmente presente. Por ejemplo cuando estoy con mis peques; cuando bailo; cuando hago el amor. Cuando doy formaciones o las recibo. Cuando doy o me doy un masaje. Hay situaciones en las que no me es necesario recordarme dónde estoy ni qué estoy haciendo o sintiendo. Simplemente estoy.

Poco a poco pude ir trasladando este estado de presencia a otros momentos y situaciones. Y también descubrí otra cosa, muy importante para mí.

‘La mente, nunca habla porque sí.’

Tenemos la maravillosa suerte de tener un cerebro que nos capacita a poder gestionar un espacio virtual.

Igual que las nubes de datos en internet, este espacio es propio y personal, pero también compartido. Para ello nos es imprescindible darnos un tiempo diario, incluido en nuestras puzle-agendas, para escuchar todo lo que hemos almacenado en ese espacio virtual, organizarlo, ordenarlo y elegir qué nos sirve y cómo y de qué podemos prescindir, igual que hacemos en nuestras casas, en nuestros despachos, en nuestras relaciones.

Como madre de cuatro necesité aprender a gestionarme rápido en este aspecto. Cuatro pequeñas personitas con mentes necesitadas de ayuda para organizar, ordenar, comprender, gestionar, priorizar, y usar sus contenidos adecuadamente, me requerían atención constante. Podía llegar a oír la palabra “mama” de unas 30 a 40 veces por hora… o más…

Obviamente cada una de esas llamadas merecía ser respondida con todo el amor, la paciencia y la comprensión que merecen mis peques. Pero… una tiene límites, ¡o al menos yo sí los tengo vaya! Y otras cosas a resolver además de las pequeñas grandes dudas de sus maravillosas y curiosas mentes.

En cuanto a lo real y a lo virtual…

Lo real es que el día tiene 24 horas, tengo una cabeza, dos piernas y dos brazos. Lo real es que si no respeto mis límites y me extralimito, física, mental o emocionalmente, el precio es en forma de estrés, ansiedad, mal humor, i otros desequilibrios físicos, que no sólo repercuten y me afectan a mi claro…

‘Es en el equilibrio que están el reto y el premio.’

La ecuanimidad es una cualidad que me ha ayudado mucho y sigo desarrollando cada día. Y que recomiendo trabajar a toda persona que quiera vivir disfrutando tanto del presente, como del pasado y del futuro, y a las madres, de la maternidad.

Adopté varias dinámicas para ayudarme con los peques:

  •  La primera se basa en establecer tiempos programados para dudas y preguntas varias, a poder ser a diario, un rato antes de acostarse, por ejemplo. Igual que ordenamos los juguetes cada día, es importante vaciar la mente de dudas. La duda genera un movimiento de búsqueda que no les ayuda a dormir relajados. En mi caso, como son 4 peques, guardo unos 30-40 minutos para ello, aunque somos flexibles con el tiempo.
  •  La segunda ha sido establecer ratitos durante el día de “te atiendo luego, cariño”, en los que deben esperar a que les pueda atender si necesitan resolver una duda, por ejemplo a las horas en punto. Estos ratitos varían para cada peque en función de su edad y madurez y me permiten poder leer un capítulo de algún libro o terminar la lista de la compra sin parar 30 veces, cuando estoy con ellos y quiero hacer una tarea de media o media-alta concentración (una de alta concentración la hago cuando estoy en un entorno apropiado). Max, por ejemplo, que tiene 6 años, puede interrumpirme a la media hora y a la hora en punto, y gracias a eso ha aprendido no sólo a esperar y ser paciente, si no a ¡saber interpretar las agujas del reloj! Gracias a la primera medida, la segunda fue muy sencilla de introducir y muy rápidamente asimilada y aceptada.
  • La tercera fue compartir la meditación Kindfulness, ya en la cama, justo antes de irse a dormir, con los cuatro. Estas meditaciones comparten la toma de contacto con el cuerpo y el entorno del mindfulness, junto con la voluntad de compartir nuestras acciones desde la bondad con todos los seres que nos rodean, para su bienestar y el nuestro.

Evidentemente mis propuestas no funcionaron a la primera.

Al principio, el primer día, parecía que no había preguntas. Bueno, hasta que Aran formuló una y entonces todos tenían muchas claro. Limité el tiempo y el número de preguntas o no nos hubiéramos acostado… Por otro lado averigüé que era necesario ser muy sencilla, simplificar mucho las respuestas, y contextualizarlas dentro de su mundo, poniendo ejemplos de su cotidianidad para que pudieran comprender. También había preguntas que debían ser resueltas mejor en privado.

Más de una vez fui interrumpida en un momento “te atiendo luego, cariño”, pero la ventaja de tener una dinámica con su funcionamiento explícito y delimitado claramente, era que sólo tenía que recordar que a la hora en punto (o a la media, en caso de Max) les atendería. Poco a poco dejaron de interrumpirme, hasta que ya sólo sucede si hay alguna disputa grave que no sepan resolver, que es poco a menudo.

Y todavía hoy sucede que alguno de ellos tres, sobretodo Aran o Max, durante la dinámica Kindfulness van cayendo dormidos antes de terminar. No obstante una de las cosas que tengo claras es que todo aquello que oímos queda accesible también por nuestro cerebro, aunque no lo estemos escuchando de manera activa o consciente.

Todas estas técnicas las aplico también conmigo misma. Es importante plantearnos como adultas, que cuando educamos a un hijo o una hija, no vamos a poder transmitirle nada que nosotras no sepamos hacer. De otra manera, será sólo información, y la información pronto se olvida, como fácilmente hemos olvidamos cómo se resuelve una raíz cuadrada o cúbica. En otro post os contaré cómo me organizo yo como mujer-madre para ayudarme a mí, en aquello que quiero que aprendan los peques y que yo necesito también para mi paz y felicidad.

Author: Sandra López Barbeiro

Mujer emprendedora y madre feliz.

Formada en terapias alternativas y neuropsicología sistémica compasiva y socio-educativa, entiendo que el amor es el hilo que une a todos los seres cual cuentas de un precioso collar.

Mi visión es formar parte de una tribu humana feliz y en paz.
Mi misión es divulgar y facilitar el acceso a prácticas y conocimiento de crecimiento personal y espiritual de manera sencilla y sostenible, mediante cursos, talleres y charlas interactivas; libros, abrazos y muchas risas.

Coach personal y familiar. Especialista en Patchwork Familiar. Escritora. Formadora. Actriz y guionista. Diseñadora y decoradora de interiores personales. Atrapajuicios y alquimista emocional. Descubridora de talentos y otros tesoros.

12 comments

Article molt interesant, que et fa pensar realment que utilitzem la ment mes del que ens pensem però no li treiem tot el partit que podríem
Personalment mai he realitzat cap tipus de meditació, però crec que ara seria un bon moment per començar a fer-ho

Moltes gràcies per les teves paraules Francesc! Potser quan comencis sentiràs que et passen moltes de les coses que explico a l’article. Al meu parer és important escollir algú, una persona amb experiència, que t’acompanyi. La meditació és una tècnica meravellosa que també té el seu mètode per a extreure’n el maxim potencial. Com en tot! Molts ànims i estic convençuda que haviat i si et ve de gust compartir-ho, ens explicaràs tu mateix tot el que n’estàs descobrint i t’està aportant la meditació. Una abraçada!

Gracias por compartir….es cierto que la práctica y constancia es lo mas complicado . Perooo toca intentar…dado que mi nivel de estrés es muy elevado. Gracias Sandra muy buen trabajo y enfoque . Fácil de entender.

Muchas gracias por tus palabras Yadira. La etapa del “porqué” es maravillosa. Nos da muchas oportunidades de explicarles cómo funciona el mundo. Yo les recomendé que diferenciaran entre cuando querían preguntarme el “cómo sucede algo” o el “para qué sucede”, del “porqué” yo les digo que hagan algo. Así evitábamos confundir su necesidad de comprender el mundo que les rodea, a su necesidad de comprender las decisiones que yo tomo, cuya elaboración, en realidad, nos pertenece a nosotras y a nuestro criterio, por eso somos sus madres, y jamás podrán comprender en realidad mientras sean peques (y quizá tampoco cuando crezcan), pero sí deberán siempre, siempre respetar. Evitaba así confundirme yo también entre explicar algo y justificarme por mis decisiones. Así comprendí que me iba genial que ante momentos repetitivos como el de “mama, y ¿porqué me tengo que terminar el pollo?”, en lugar de explicarles que alguien que tampoco se iba a comer ese pollo, como un niño africano, pasara hambre; existiera la frase “porque lo digo yo, cariño”, ¡que yo jamás pensé que usaría! Ajajajajaja pero que ahora uso sin dudar cuando es necesaria, y a ellxs tanto les ayuda a comprender que los mayores toman decisiones que los pequeños jamás comprenderán, ni falta que hace. Un abrazo de útero Yadira, de esos fuertes y estrujantes.

Hola

Estuve leyendo tu artículo y hay demasiadas información que no
conocía que me has aclarado, esta espectacular.. te quería devolver el periodo que dedicaste, con unas infinitas gracias, por enseñarle a personas como yo jajaja.

Saludos

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